Pony era la más bajita de los unicornios. Se parecía a los algodones de azúcar por su sedoso pelaje rosa, que le gustaba tanto.
También Pony tenía unas estrellas en su cuerno, como las velitas con formas que se usan para adornar pasteles, pero estas funcionaban para iluminar las noches, ya que Pony tenía miedo a la oscuridad y salir solita de noche para ir a orinar. Sin embargo, su linternita mágica, que llevaba consigo siempre, le ayudaba a superar sus miedos.Un día, Pony se levantó en la noche porque debía ir al baño y su cuerno no funcionó.
No sabía qué le pasaba, como si hubiera olvidado encender su estrella, y no iluminaba. Se quedó en la profunda oscuridad, temblando y paralizada.
No podía avanzar a ningún lado, pues no veía el camino de regreso a su cama ni el que la llevara al baño.Entonces, bien acurrucadita en su lugar, con los ojos casi cerrados, llegó a vislumbrar un pequeño destello. En todo momento estaba pidiendo que se encendiera su estrellita y vio que estaba funcionando.
Empezó a creer con más fuerza y, tras otro estallido de luz, volvió a apagarse. ¿Qué pasaba?
Se levantó del lugar; ya se había acostumbrado un poco a la oscuridad. Abrió los ojos y, aunque todo era de noche, siguió tanteando y guiándose como podía. Entonces sucedió lo que seguía creyendo que se iba a hacer realidad...
Su estrella prendió. Era diminuta la luz, pero no se apagaba como antes y podía ver. Pony siguió avanzando, paso a paso, y la luz de su estrella crecía más.
Hasta que por fin logró llegar a su lugar destinado.


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