La elfa Leila tenía una misión importante: dirigir a los demás elfos para armar los regalos. Pero un día, Santa Claus necesitó de su ayuda con los niños malos de su lista que no recibirían regalos.
Tendría que visitar uno a uno y dejar un carbón por su mal comportamiento. La elfa no estaba muy contenta por tener que hacer ese trabajo, ya que siempre se había especializado en dirigir a los demás elfos. Este nuevo encargo no le gustaba mucho; ella nació para construir juguetes y, después, fue ascendiendo. Ahora, ¿qué le estaba pidiendo? Viajar en reversa en otro trineo para dejar carbón a los niños malos...
Entonces, el día llegó. Santa tomó el camino izquierdo y ella el derecho, y se volverían a encontrar en un punto a tiempo.
La elfa Leila salió acompañada de un solo reno, Faustino, ya que solo eran diez chicos que se portaron mal.
Visitó la primera casa; era silenciosa, dió pasos suaves para no hacer ningún ruido, y se encontró con un perro. No era cualquier perro; era un American Bully, que se caracteriza por su imponente físico y gran fuerza. A pesar de su apariencia, la raza fue desarrollada con un enfoque en la compañía familiar, buscando un temperamento estable y gentil. Sin embargo, mirar sus grandes dientes asustó a la elfa, y no parecía amigable...
―No querrás portarte mal, dulce perruno, porque tú también no recibirás tu regalo ―dijo Leila, sacando una galleta especial horneada por la Sra. Claus para los renos y compartiéndola con el perro. Él se quedó comiendo, pero a la vez dejando suficiente espacio para que ella pudiera pasar, y por fin la elfa llegó al cuarto del primer niño. Se escuchaban sollozos...
Se adentro más en la profunda habitación y la oscuridad la envolvió.
•••
―Bien, elfa Leila, ¿has cumplido con tu trabajo?
―Santa Claus, no he podido cumplir con su misión de llevar un carbón a cada niño que se portó mal... Entenderé si ya no voy a estar a sus servicios porque he fallado. ―dijo con la mirada cabizbaja.
―¿Por qué no has podido hacerlo, querida elfa?
―He visto lo mal que juzgamos a las personas con respecto a su comportamiento. Existe el arrepentimiento, he descubierto, en esta noche de Navidad. La oportunidad de redimirse para no condenar, dejar hablar cuando ni siquiera salen las palabras y solo puedes comerte las lágrimas y sollozar una vez a escondidas por la vergüenza...
» Así que cada niño me contó su secreto; confiaron en mí, pero no soy yo quién tiene que confesar sino cuando ellos se sientan preparados de hacerlo... y llevará su propio tiempo, de cada uno, del que quiera crecer y aprender para no seguir en el mismo camino en el que están ahora.
Voy a comprender por qué ahora ellos luchan por un perdón a sí mismos. Es un largo camino de redención y espero volver a escuchar esas almas afligidas. Tender una mano antes de prejuzgar. Es difícil, lo sé, pero no hay que rendirse.
―Has hecho muy bien tu trabajo, querida elfa. ―dijo Santa.
―¿Eh? ―Su cara era de sorpresa.
―Sí, por eso te busqué y te pedí que lo hicieras. Otro hubiera cumplido con el mandato, pero tú fuiste más lejos; tocaste tu alma y la escuchaste. Creíste en lo correcto y ese es el mejor regalo que pudieron recibir aquellos niños. ¡Feliz Navidad, jojojojo, a todos!
La elfa recupero su sonrisa y acompañó a Santa Claus perdiéndose en la nevada del Polo Norte.
―Hasta la próxima... ―se despidió la elfa Leila.
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